marzo 27, 2022

Artículo. El día que volví a ser simio

(Fernando Broncano R. (Linares de Riofrío, Salamanca, 1954) es filósofo y catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro es La estrategia del simbionte.  

Los grandes simios son criaturas de la, frontera insinuó Donna Haraway en su intrigante trilogía Simians, Cyborgs and Women (pudorosamente traducida aquí por Ciencia, cyborgs y mujeres). Sostiene la Haraway que nuestra cultura moderna considera que los simios, las mujeres y los cíborgs no son humanos completos, que habitan en un lugar metafísicamente indeterminado entre la naturaleza y la cultura. La ironía resignificante de nuestra autora ha contribuido a descolocar los escalones de la escalera del ser, ha creado habitaciones intermedias allí donde había salones excluyentes y ha logrado que el término “humano” se llene de matices y armónicos.

Cuando la Haraway escribía su “Manifiesto Cíborg” yo era humano, quiero decir, normal, o sea, que estaba normalizado. O por lo menos creía estar en el lugar correcto del mundo. Vamos a ver, en esa zona ancha que abarca desde los WASP hasta los funcionarios del Ministerio de Obras Públicas, normal en cierto modo y dentro de lo que cabe. Humano hasta donde el orden y el recato permiten. Por eso no me importó leer a la feminista con tolerancia y condescendencia posmoderna.  

Todo empezó un día a la salida de una reunión de departamento. Un tontolaba gilipuertas con una cara que me recordaba al batracio Jabba de la Guerra de las Galaxias con cerebro de renacuajo había logrado sacarme de quicio, hacerme perder el tino, revolverme las tripas. No me acuerdo por qué. Bueno, sí, pero no quiero acordarme. Ya había leído a la Haraway, pero todavía no le hacía mucho caso. La tele estaba llena de gente en trajes cuatro tallas mayores, reinaba la movida y todo era broma. Los periodistas de El País, frívolos en una tertulia interminable, escribían como si el mundo fuera feliz. Pero yo no estaba para bromas esa tarde. Me volví a casa aún sin reaccionar, sabiendo que las olas de resentimiento habrían de llegar a las tres de la mañana entre sudores y reminiscencias ácidas. Así que cuando me invitaron al cumpleaños de J. entreví una ventana al olvido y acepté al instante. La noche se fue alargando en conversaciones inteligentes, letras de tango, rock radical y orujo y cerveza. Llegaron las tres de la mañana y la fiesta decaía y las pesadillas no habían comenzado, de modo que me volví a casa. La anestesia parecía funcionar.

Parecía que la habitación girase y girase al despertarme no tendría que haberme sorprendido. Pero el caso es que la velocidad de giro no era normal. Ni la bilis, ni el sentido del fin del mundo. Intenté recordar el número de botellines y no, aquello no podía ser normal. Al cabo de media hora el médico de guardia me diagnosticó unos probables vértigos de no sé quién y me recomendó acudir al otorrino. Así lo hice. Me senté esperando mi turno entre veinte o treinta ancianos que aguardaban algún arreglo a lo que no tiene arreglo y me dije que los vértigos eran al fin y al cabo algo muy aristocrático y hasta intelectual. Grandes escritores los habían padecido. Un síndrome con colores literarios.  

Pero no. Lo primero que me hicieron fue encerrarme en una cabina insonorizada y enviarme ruiditos y órdenes de levantar la mano cuando dejase de oírlos. Al salir, el doctor me anunció con una sonrisa. “Está usted sordo” (o tiene un déficit de audición, o algo así). “¿Cómo?” “Sí, que está usted sordo.” “Ya, ya le oigo, pero no entiendo.” Así me enteré por primera vez de que padecía hipoacusia, o sea, sordera. Después vino una larga serie de pruebas, más audiometrías, potenciales evocados, yo qué sé. Terminé en el distribuidor de audífonos quien, en una larga entrevista, entre ofertas comerciales y consejos, me explicó algo sobre las frecuencias de audición. Lo demás fue mecánica. Recuerdo que al salir a la calle con mi audífono estrenado reparé por primera vez en que las llaves sonaban en mi mano. Me pregunté asustado cuánto me habría perdido del mundo. Lo fui comprobando poco a poco.  

Sostiene David Lodge en su novela Deaf Sentences —los que padecemos esto no discriminamos entre “deaf sentences” (oraciones sordas) y “death sentences” (sentencias de muerte), así que entendemos muy bien el sarcasmo—, maltraducida al español como La vida en sordina, que todo el mundo reacciona ante la ceguera como si fuera una tragedia y ante la sordera en modo cómico. Y sí, nada hay más cómico que un sordo diciendo “¿qué?, ¿qué?”. Pero la realidad es que nada hay tan trágico como ser expulsado del lenguaje a un mundo de indeterminación donde la inseguridad sobre las palabras del otro comienza en las mismas raíces del acto del habla. O saber que la música que oíste y creías amar no era la música que realmente había sonado, que sólo escuchaste la mitad del espectro armónico. O descubrir que estabas en la frontera de los horizontes hermenéuticos. Quizá podrías ser entendido pero tenías un grave déficit de comprensión.  

Los malentendidos que genera este déficit son frecuentes. Algunos son divertidos, hay que reconocerlo, aunque la gracia sólo la tenga para ti cuando logras distancias e ironía. Hace unos días cenaba en casa de unos amigos y una de las personas que me había invitado me preguntó “¿vas a ser abuelo?”; como no vocalizaba suficientemente bien para mí y no había logrado leer sus labios creí entender “¿está bueno?” (refiriéndose al plato, conjeturé). Al responder que sí todo el mundo comenzó a felicitarme, y sólo al cabo de un par de minutos de diálogo de besugos pude recobrarme del susto y deshacer el malentendido. Pero otros son más serios. Ese mismo día volvía a Madrid y en el aeropuerto se anunció que el vuelo estaba desviado y nos trasladaban a otra ciudad y que debíamos acercarnos a tomar un autobús. Los mensajes de altavoz de los aeropuertos y aviones son una de las barreras más habituales con las que uno tiene que pelearse en los viajes. El caso es que tomé el autobús por los pelos cuando reparé en que no había nadie a mi alrededor de quienes esperábamos algún anuncio. Te habitúas a contestar que sí a todo aunque no sepas cuál era la pregunta. El personaje de la novela de Lodge responde que sí a una alumna que le solicitaba algo en el entorno ruidoso de una party para comprobar al día siguiente que había asentido a dirigirle una tesis completamente loca. Te acostumbras (mal acostumbras) a vivir en un malentendido permanente. Te acostumbras a pertenecer al estereotipo del profesor sordo que tanto ha dado de comer a los cómicos. Los significados se convierten en muros que tienes que saltar continuamente para sobrevivir en la selva del discurso y de la acción y sólo te relajan el silencio y la soledad, que progresivamente se convierten en tu lugar de refugio.  

Es cierto que el uso de audífonos logra paliar un poco este exilio a cambio de una molestia permanente, como ocurre con casi todas las prótesis. Fue entonces cuando releí con otros ojos el “Manifiesto Cíborg” de Haraway. Había dejado de ser humano para entrar en la clase indeterminada de los cíborgs. Terminé escribiendo un libro en donde me consolaba afirmando que todos somos cíborgs. Decía allí que los humanos somos seres expulsados de la naturaleza por la cultura, que nuestros cuerpos son producto tanto de la biología como de las técnicas, y que así fue desde que los cazadores del Pleistoceno se rodearon de un entorno técnico para sobrevivir. Ser cíborg produce melancolía, decía. Los que se exilian ya no están allí, pero tampoco acaban de habitar el lugar a donde han llegado. Están entre el pasado y el futuro. No pueden volver y no pueden llegar del todo. Son eso, disidentes irredentos. Todos somos cíborgs. Unos más que otros, pensaba por lo bajo y tras la pantalla del ordenador. No había descendido aún suficientemente en la escala del ser.  

Hace dos años coincidí en un seminario interdisciplinar con Ignacio Martínez, un paleontólogo de la Universidad de Alcalá que pertenece al grupo de Atapuerca. Lo había conocido unos años antes en un tiempo en el que interactué con Juan Luis Arsuaga, cuando me interesó mucho el origen evolutivo de las capacidades semióticas humanas. Estaba yo preocupado por entonces en la diferencia entre seguir huellas (o índices naturales) y crear la categoría de signos, algo que parece implicar una capacidad para organizar información muy heterogénea sobre un objeto o animal no presente, pero que ha dejado rastros variados en nuestro lugar y momento. Llenar el mundo de signos, sostenía yo por entonces, fue uno de los pasos que convirtió nuestra especie en una especie cíborg. Ignacio Martínez trabajaba por entonces en los orígenes del lenguaje, uno de los campos más apasionantes de la Teoría de la Evolución. Como muchos paleontólogos examinaba los fósiles del tracto vocal encontrados en Atapuerca. Contaba su desesperación al no encontrar evidencias suficientes que permitieran comprobar su hipótesis de una evolución parsimoniosa del lenguaje (frente a la aparición milagrosa que proponía la corriente principal de Chomsky y Jay Gould). Demostrar que el lenguaje pudiese haber surgido poco a poco significaría un soporte muy importante para una comprensión darwinista de la evolución. Pero Ignacio Martínez no parecía encontrar el camino entre los huesos del tracto vocal de Antecessor y otros homínidos. Hasta que en un giro genial de su investigación se planteó examinar los fósiles del oído de los cráneos tan bien conservados en Atapuerca.  

Los osículos del oído medio (martillo, yunque y estribo) son los huesos más pequeños del esqueleto mamífero. Se encargan de transmitir las vibraciones desde el tímpano hasta la cóclea o caracol, que conforma el esqueleto del oído interno. La forma geométrica de la cóclea es la que permite que la membrana basilar, que oscila de modo distinto según la frecuencia del sonido, transmita a las células ciliares del órgano de Corti la información que será codificada en impulsos eléctricos y transformada en sonido inteligible en el cerebro. Lo que Ignacio Martínez conjeturó es que leves variaciones en la geometría física del caracol o cóclea permitirían a los animales ser más sensibles a unas frecuencias que a otras. Hubo que hacer una apasionante modelización de estas variaciones y lo que descubrió Ignacio Martínez fue la progresiva adaptación del oído interno a la sintonía con frecuencias altas, más allá de los 4.000 hercios. Su hipótesis es que no existían otras presiones medioambientales para esta adaptación que no fuesen los entornos de vocalización. Las consonantes que nos permiten discriminar los fonemas de los lenguajes humanos se distinguen entre sí por armónicos que incluyen frecuencias entre los 3.000 y 8.000 hercios. La aparición de sonidos de consonantes (sonidos que exigen diversas oclusiones y modificaciones del tracto vocal, a diferencia de las vocales, que se pronuncian con el tracto abierto) hizo posible pasar de un conjunto especializado de gritos y gestos a un lenguaje fonéticamente articulado. El paso exigía una particular adaptación del oído a las mínimas diferencias en los sonidos producidos por las increíblemente precisas modificaciones de los canales de emisión fónica. Ignacio Martínez había dado con una clave para estudiar la filogénesis del lenguaje: analizar las adaptaciones del oído que debieron ir acompasadas con las adaptaciones del tracto vocal, tan difíciles de estudiar en los fósiles. 

"Ser cíborg produce melancolía. Los que se exilian ya no están allí, pero tampoco acaban de habitar el lugar a donde han llegado. Están entre el pasado y el futuro." 

Otros simios como los chimpancés no necesitan esta extraña adaptación. Viven en bosques profundos donde lo más importante son los ruidos cercanos, que se producen en frecuencias bajas. El audiograma de los chimpancés se parece extraordinariamente al de la hipoacusia humana. Al mío, vaya. Así descubrí mi afinidad profunda con los simios. No sólo por la sordera a los sonidos agudos sino por las mismas costumbres en las mutuas selvas. Fui descubriendo que en las selvas urbanas, en las cafeterías, bodas, fiestas en general, actuaba con la estrategia de gorilas y chimpancés. ASÍ DESCUBRÍ MI AFINIDAD PROFUNDA CON LOS SIMIOS. EN LAS SELVAS URBANAS, EN LAS CAFETERÍAS, BODAS, FIESTAS EN GENERAL, ACTUABA CON LA ESTRATEGIA DE GORILAS Y CHIMPANCÉS. Sólo reaccionaba a los ruidos bajos cercanos: movimientos de sillas, eructos, gruñidos, cualquier signo que me indicase modificaciones corporales de los simios vecinos y que reclamasen mi atención o alguna reacción por mi parte. Por supuesto, también reaccionaba al lenguaje. Pero lo hacía, lo hago, como un chimpancé: capto el ruido, capto el lenguaje no verbal (soy un experto en sintonía emocional) pero me es ajena la gran mayoría del contenido. Como simios y perros reacciono con prontitud a las mínimas variaciones del tono y a las manifestaciones emocionales. Pero los significados los suspendo hasta que tras un largo procesamiento puedo conjeturar qué rayos estará diciendo el tipo de al lado. Sobrevivo desde hace años en las selvas urbanas con estrategias animales: me escondo durante el día, me aproximo a los alimentos con circunspección y cuidado, me irrito ante cualquier sonido que indique compañía no deseada y lo hago saber con algún ruido o mueca facial, estoy atento a las caras, a los movimientos de la boca que me indican que algo deben estar diciendo, coordino tácticas de sumisión con reacciones de amenaza, como los gorilas prefiero la soledad y como los chimpancés me acomodo a las caricias, los acicalamientos y almohazamientos mutuos. Mi conversación perfecta se parece a la que Marlon Brando y Maria Schneider sostienen en El último tango en París: susurros, gruñidos, refunfuños, aullidos, hocicos.  

De vez en cuando me coloco los audífonos para entrar en la selva del discurso. Es un territorio extraño en donde los cíborgs nos movemos con intranquilas trayectorias. Nunca sabes si te han llamado “gordo” o “sordo”, o quizá peor, “tordo”. Nunca sabes del todo lo que ocurre. Aquí abandonas tu estrategia de simio y te mueves como explorador. Te identificas mucho con las mujeres, que tienen sus propios problemas en la selva del lenguaje. Cuando hablan entre ellas, oyen todas de maravilla, no tienen problemas de semántica, pero cuando el grupo incluye machos, machos alfa mayormente, activan su modo de alerta y combinan los largos silencios con monosílabos o frases cortas. Las entiendo perfectamente. Una frase inoportuna puede ser fatal. Acostumbrado a la prosodia, el moverte en la semántica llena tu cerebro de información que no te da tiempo a procesar. Hablas como los políticos ante los periodistas, con espasmos, atropellos y atrabancamientos. Sólo te relajas cuando llegas a casa y tiras los audífonos en su cajita. Se hace entonces el silencio de la selva de los simios donde sólo se perciben los roces de los cuerpos.  

He estado meditando mucho sobre mi condición. Sé que hay muchos que la comparten y estoy pensando en sugerir la creación de nuevos zoos donde nos dejen descansar. No importa que nos observen antropólogos o especialistas en estudios culturales de frontera. Lo esencial es que no molesten hablando y preguntando. Una nueva especie de simios con sus propias razas: sordomudos, sordos, semisordos… Podríamos salir del zoo cuando quisiéramos, claro. La verdad es que en los supermercados no importa nada tu oído. No entender las ofertas te ayuda incluso a concentrarte. Tampoco en las bibliotecas. Y en los cines en versión original estás en igualdad de condiciones. Así que lo único que necesitamos es que nos dejen crear nuestra propia sociedad.

 FERNANDO BRONCANO 

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