La sordina es el dispositivo que se utiliza en algunos instrumentos musicales para reducir el volumen o modificar el timbre del sonido. Mi oído lo hace por sí solo. Debido a causas inespecíficas, aunque probablemente fuera a causa de grandes dosis de antibióticos en la adolescencia, mi oído tiene muy poca sensibilidad a los sonidos a partir de los 3000 Hz, y nada a los 4000 Hz. Los tonos agudos desaparecen de mi audición, a menos que sean muy intensos. La música, pues, tiene para mí un cariz muy distinto al de la mayoría de la gente, lo que no me impide apreciarla y ensimismarme en lo que alcanzo a oír. Lamentablemente, entre 3000 y 4000 Hz están las sutiles diferencias que separan los fonemas de las consonantes por lo que para mí es una tarea heroica captar lo que alguien me está diciendo. Desde que llevamos mascarillas, además, la tarea es casi imposible. Me tienen que acompañar al médico y a todas las conversaciones en las que es importante entender lo que te están diciendo. Los audífonos, que llevo desde hace veinte años, ayudan un poco, pero el malestar que producen al cabo de un par de horas hace que cuentes los minutos para encerrarlos en su cajita. Dar clase presencial desde la pandemia es algo insufrible: tengo que molestar continuamente a los alumnos para que me repitan las preguntas, y aun así generalmente muchas veces las tengo que adivinar con más o menos suerte. En los entornos ruidosos, como restaurantes, cafeterías, centros comerciales, aeropuertos o estaciones, mi capacidad de comprensión desaparece completamente. Dos veces he estado a punto de perder un vuelo por no entender lo que decían los altavoces, gracias a que me extrañaba haberme quedado solo en la sala de espera (el resto de los pasajeros ya habían ido al autobús correspondiente). Mi vida profesional tendría que discurrir en parte en inglés, la lingua franca académica. A medida que he ido perdiendo el oído, la comprensión de este idioma ha caído exponencialmente respecto a mi lengua materna, que ya estaba en peligro. Todo ello te lleva a un lento pero irreversible abandono de los lugares públicos, reuniones, congresos y todo aquello que en buena parte constituye nuestra vida social. No puedo entender las películas traducidas porque no leo los labios de los autores, y el cine en versión original es cada vez más escaso fuera de la televisión o los cines especiales de Madrid.

La vida en sordina crea un espacio de incertidumbre y ansiedad epistémica permanente: nunca sabes si lo que interpretas es lo que se ha dicho, te mueves cada vez más en un mundo interno que tus dispositivos ciborg no logran abrir. Cuando te aíslan en parte del lenguaje quedas excluido de una parte sustancial de la realidad común. Las mascarillas te impiden además el recurso a la lectura de los labios, que generalmente era mi modo de entender, antes incluso de saber que tenía este déficit. Que, por otra parte, crea ciertas inseguridades de otro tipo pues cuando hablas con una persona en un entorno un poco ruidoso no miras a sus ojos sino a su boca, lo que tiene también sus consecuencias en la comunicación.

En fin, la vida en sordina es un poco desastre. Como cuenta David Lodge en su novela “Deaf sentence” (que para él, que padece lo mismo, suena igual que “dead sentence”), se suele considerar que estar ciego es una tragedia, y que estar sordo es cosa de chistes, como el tartamudeo. Pero no. Estar fuera del lenguaje es estar fuera del mundo.

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